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jueves, 16 de julio de 2009

¿Qué pasa en Honduras?

Carta de Antonio Rieu, marista, misionero en Honduras.

Queridos familiares. Hermanos y amigos:

Escribo estas líneas con una manifiesta indignación por las informaciones que están circulando por Europa, por España sobre la situación que está viviendo Honduras.

Siento que se está mandando una información tendenciosa y espero llamar a la Embajada de España dentro de unos minutos para preguntarles cómo es posible que ellos permitan una tan falsa información en España!!!! La Embajada tiene que saber todavía mejor que nosotros lo que está pasando y ¿entonces? ¿Cómo podemos ser tan papanatas!!!

Aquí no ha habido un golpe de estado. Aquí ha habido un Presidente que nos llevaba acelerada e inexorablemente a ser un nuevo país que entraba en el área “chavista” y por tanto, marxista y dictatorial a ejemplo de su mentor Hugo Chávez.

Mel Zelaya, nuestro ex-Presidente quería, antes de terminar su mandato, cambiar la Constitución para poder perpetuarse él en el poder, como han venido haciendo exactamente Chávez, Evo, Correa, Ortega... Infringió las leyes que le dio la gana para poder llevar esto a efecto a través de una llamada “encuesta” que debía realizarse ayer y que camuflaba sus manifiestas intenciones. El Congreso le dijo que no era legal. Todas las altas instancias judiciales le dijeron que no era legal, su propio Partido le dijo que no era legal (¿se dice en Europa que su partido político rompió con él?), pero siguió despreciando a todos y constituyéndose en norma suprema a ejemplo de su padre espiritual Hugo Chávez. Todas las instancias del país estaban en su contra: el Comisionado para los Derechos Humanos, el Congreso, toda la Judicatura , la Fiscalía , todas las iglesias católicas y protestantes, el partido y los mismos alcaldes de su partido político y al final, hasta el ejército.

A pesar de recibir la prohibición expresa, por inconstitucional, de realizar esa mal llamada encuesta, prohibición emanada de los más altos tribunales de justicia, él siguió adelante porque se tenía que perpetuar fuese como fuese en el poder y además no decepcionar las ansias expansionistas de Chávez. Dio orden al General Jefe de las FF.AA. para que distribuyese las urnas, pero éste había recibido orden de los jueces de no hacerlo por la razón de siempre: ilegalidad manifiesta. El general se negó con documento al apoyo y aquí empezó a explotar la situación porque nuestro sujeto Presidente veía que se le escapaba la ocasión ya que termina su mandato dentro de seis meses. En un abuso más de poder destituyó al general por desobediencia, cosa que repudió el pleno del Congreso y las más altas instancias judiciales demostraron la nulidad de esa destitución. El Congreso le invitó a que rectificase y el señor Mel dio una imagen esperpéntica, junto con un reducido grupo de seguidores yendo a recuperar las urnas para distribuirlas en coches particulares …. Ni había mesas constituidas, ni había listas de votantes …

El Congreso a la unanimidad menos 4 votos (los dos grandes partidos se unieron para no aceptar la dictadura que se nos venía encima) aprobaron su destitución por desobediencia a la Constitución y los jueces dieron orden a las FF.AA. para que le arrestasen y le sacasen del país. Las FF. AA. se ejecutaron. ¿Es esto un golpe militar? En ningún momento el ejército ha tomado el poder ni ha pegado un solo tiro. Siguiendo la Constitución el Congreso nombró al nuevo Presidente ad ínterin por seis meses y siguen los tres poderes institucionales en pleno funcionamiento: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. ¿Es esto un golpe de estado?


Y ¿cómo los gobiernos democráticos de Europa pueden ser tan papanatas y no ver el régimen dictatorial de Chávez y su pandilla, que es al que íbamos nosotros de cabeza? Y cómo no ven que el señor Mel Zelaya estaba terminando de arruinar al país, sembrando el odio y …. sin haber presentado hasta la fecha los presupuestos del Estado para el año 2009 porque así malgastaba a su antojo el poco dinero que tiene el país? ¿Se puede ser tan ciegos? ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero ¿por qué?

Y ya el eminente Hugo Chávez ha amenazado con invadirnos con su ejército para derrocar al nuevo Gobierno. ¿Y esa amenaza pública por la T.V. pasa desapercibida? ¿Quién le da el poder y el derecho de amenazar con una guerra a un país con el que EN PRINCIPIO él no tiene nada que ver? ¿O empieza a ver las orejas al lobo y que este “mal ejemplo de Honduras” pueda cundir y se le hundan sus ansias imperialistas? ¿Y eso no lo ve ni la UE , ni los EE.UU. ni España en particular? ¿Tanto les ciega el petróleo? ¿Dónde queda la defensa de los derechos humanos?

Termino porque tengo otras cosas que hacer, pero por favor, si podéis difundir esta versión hacedlo. Yo voy a llamar ahora mismo a la Embajada de España par decirles mi indignación.

Un fuerte abrazo

Antonio

miércoles, 5 de marzo de 2008

Carta-Manifiesto de 'Il Foglio' al secretario general de las Naciones Unidas

Este es el texto en español de la carta de 'Il Foglio' al secretario general de la ONU ya firmada por destacadas personalidades internacionales.

A Vuestra Excelencia Sr. Ban Ki-Moon Secretario General de las Naciones Unidas

A Vuestras Excelencias Presidentes de Gobierno y Jefes de Estado de las Naciones Unidas

En estos últimos sesenta años se han tomado muchas medidas y no se han escatimado esfuerzos para crear y sostener los instrumentos jurídicos en materia de protección de los ideales contemplados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada el 10 de diciembre de 1948 en Paris. En las últimas tres décadas se llevaron a cabo más de mil millones de abortos, termino medio unos cinquenta millones de abortos por año.

Del último informe de United Nations Population Fund (Fondo de Población de las Naciones Unidas) se desprende que en China el aborto, fomentado o coactivo, es un riesgo que corren decenas de millones de niños que están por nacer en aras de una planificación familiar y demográfica gubernamental. En la India, en veinte años, por selección sexista se le quitó la vida a millones de niñas antes de nacer. En Asia el equilibrio demográfico peligra debido al infanticidio masivo de magnitud epocal. En Corea del Norte con el aborto selectivo se intenta eliminar radicalmente toda forma de discapacidad. En Occidente, el aborto también se ha vuelto en el instrumento de una nueva eugenesia que viola los derechos del feto y la igualdad entre los hombres. El diagnóstico prenatal ya no cumple su función de preparación para acoger y cuidar al bebé sino que es más bien un criterio para mejorar la raza, destruyendo de esta forma los ideales universales en los que se basa la Declaración Universal de 1948.

Sometemos a Vuestra consideración una petición de moratoria de las políticas públicas que fomentan formas de sumisión injustificada y selectiva del ser humano durante su desarrollo en el vientre de la madre mediante el ejercicio arbitrario de un poder de aniquilamiento, violando el derecho a nacer y a la maternidad. El artículo 3 de la Declaración Universal contempla que "Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

"Hacemos un llamamiento a los representantes de los gobiernos nacionales para que expresen su opinión a favor de un emendamiento significativo del texto de la Declaración: después de la primera coma, insertar "desde la concepción hasta la muerte natural". La Declaración universal, de hecho, se refiere a los derechos humanos "iguales e inalienables" y proclama solemnemente que los seres humanos tienen la "dignidad intrínseca de todos los miembros de la familia humana" (Preambulo). La ciencia, con algunos de sus descubrimientos más significativos en el ámbito genético posteriores a la Declaración, documenta de forma irrefutable la existencia de un patrimonio genético humano en el embrión, un patrimonio único e irrepetible, a partir de su primera etapa de desarrollo. La Comisión británica Warnock, establece, en 1984, que a partir del décimo cuarto día de la concepción el embrión es un ser humano con derecho a no ser manipulado experimentalmente. Los gobiernos deben preservar y proteger estos derechos naturales que abarcan también el derecho a un "patrimonio genético que no esté manipulado".

La Declaración de 1948 fue la respuesta del mundo libre y del derecho internacional a los crímenes contra la humanidad procesados tres años antes en Nuremberg. Como reacción a las prácticas eugenésicas de los médicos nazis, en 1948, la World Medical Association adoptó la Declaración de Ginebra en la que se afirma: "Respetaré la vida humana desde su comienzo". El artículo 6 del International Covenant on Civil and Political Rights (Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos) aprobado por las Naciones Unidas en 1966, establece que "El derecho a la vida es inherente a la persona humana". El aborto selectivo y la manipulación selectiva in vitro son la forma principal de discriminación entre los seres humanos por razones eugenésicas, raciales o sexuales. Es la misma persona humana que las Naciones Unidas amparan en el artículo 6 de su carta de los derechos.

A los sesenta años de la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es necesario renovar nuestra fuente principal de inspiración humanitaria enmendando el artículo 3.

Hacemos un llamamiento a los gobiernos para que respeten escrupulosamente los derechos humanos y, el primero de estos derechos es el derecho inviolable a la vida.

Con toda consideración

René Girard, antropólogo, miembro de la Academia FrancesaLord David Alton, miembro de la Cámara de los LoresRoger Scruton, filósofo inglés en el Bircbeck CollegeJohn Haldane, profesor de filosofía en la St. Andrews UniversityGeorge Weigel, teologo y biografo de Karol Wojtyla y Joseph RatzingerRobert Spaemann, profesor emérito de Filosofia en la Universidad de MúnichSor Nirmala Joshi, Superiora de las Misioneras de Madre Teresa de CalcutaPaolo Carozza, miembro de la Comisión Interamericana de Derechos HumanosJosephine Quintavalle, directora del Comment on Reproductive EthicsPaola Bonzi, Centro de ayuda a la vida en la clínica Mangiagalli de MilánPierre Mertens, presidente de la Federación internacional de la Espina BífidaJean-Marie Le Mené, presidente de la Fundación Jérôme LejeuneAlan Craig, presidente de la Christian Peoples Alliance inglésRichard John Neuhaus, teologo y director de First ThingsCarlo Casini, presidente del Movimiento por la Vida italianoLucetta Scaraffia, docente de historia en la Universidad La Sapienza de RomaBobby Schindler, hermano de Terri Schiavo

sábado, 10 de noviembre de 2007

La neutralidad engañosa

Toda sociedad necesita establecer un mínimo ético, deslindando la frontera entre moral y derecho. El problema surge a la hora de obtener los criterios para resolver si un determinado problema, por su relevancia pública, debe ser regulado por el derecho. Hoy día a menudo se intentan imponer sin debate soluciones ideológicas que se presentan como neutrales. Andrés Ollero, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid), aborda este problema en una conferencia pronunciada en un reciente simposio sobre la objeción de conciencia. Ofrecemos un extracto.

No cabe imponer las propias convicciones a los demás. Tan tajante afirmación, a más de drástica, suena a perogrullada. ¿Qué es eso de pretender que todos piensen como nosotros? Analizado desde otro ángulo, más jurídico, quizá cambie el panorama. Si fuera imaginable una sociedad en la que cada cual pudiera comportarse con arreglo a su leal saber y entender, ¿sería necesario el derecho? (...)

El derecho existe precisamente para que algunos ciudadanos se comporten de determinado modo, pese a su escaso convencimiento al respecto. A quien está convencido de que la defensa de sus heroicos ideales políticos justifica generar muertes, de modo indiscriminado o selectivo, se le procurará convencer sobradamente de lo contrario con las penas oportunas. (...)

La democracia no es relativista

Ello es perfectamente compatible con el reconocimiento del pluralismo como “valor superior del ordenamiento jurídico (artículo 1.1 de la Constitución Española) (...) El derecho se presenta siempre como un mínimo ético, lo que excluye de entrada que los demás deban compartir nuestros más preciados maximalismos. Pero incluso ese mínimo ético deberá determinarse a través de procedimientos que no conviertan al ciudadano en mero destinatario pasivo de mandatos heterónomos. La creación de derecho deberá estar siempre alimentada por la existencia de una opinión pública libre, lo que convierte a determinadas libertades (información y expresión) en algo más que derechos fundamentales individuales: serán también garantías institucionales del sistema político.

Todo ello no implica relativismo alguno. La democracia no deriva del convencimiento de que nada es verdad ni mentira; que, para algunos, sí cabría imponer a los demás. La democracia se presenta como la fórmula de gobierno más verdaderamente adecuada a la dignidad humana y, en consecuencia, recurrirá al derecho para mantener a raya los comportamientos de quienes no se muestren demasiado convencidos de ello. La democracia no deriva siquiera de la constatación de que el acceso a la verdad resulta, sobre todo en cuestiones históricas y contingentes, notablemente problemático; se apoya, una vez más, en una gran verdad: la dignidad humana excluye que pueda prescindirse de la libre participación del ciudadano en tan relevante búsqueda.

(...) Cuando se identifica democracia con relativismo, se verá un enemigo en cualquiera que insinúe, siquiera remotamente, que algo pueda ser más verdad que su contrario. Lo más cómico del asunto es que –desafiando el principio de no contradicción– se convertirá así al relativismo en un valor absoluto sustraído a toda crítica. (...)

La religión, tabaco del pueblo

Para quienes muestran esta curiosa dificultad para hacer compatible democracia y verdad, el problema se agudiza cuando las verdades propuestas dejan entrever parentescos con las confesiones religiosas socialmente mayoritarias. Al debate sobre el relativismo se une ahora el principio de laicidad, que exige respeto a la autonomía de las instituciones temporales. Estado y confesiones conciernen al mismo ciudadano, pero tienen ámbitos de acción propios que deben verse beneficiados por una razonable cooperación entre poderes públicos y confesiones.

No ocurre así cuando la presencia de lo religioso en la vida social no se acoge con la misma naturalidad que la de lo ideológico, lo cultural o lo deportivo, sino que se le atribuye una dimensión de perturbadora crispación que lo haría sólo problemáticamente tolerable. Surge así el laicismo, con sus imperativos de drástica separación entre poderes públicos e instituciones eclesiales.

Quien se cierra a una visión trascendente de la existencia tiende a reducir a política, y a evaluar en términos de poder, todo el dinamismo social. La lógica autoridad moral que los ciudadanos tienden a reconocer a las confesiones religiosas se percibe como la pretensión de ejercer una potestad intrusa, no rubricada por los votos. El único modo de extirparla sería una forzada privatización de toda vivencia religiosa, que niega legitimidad a su presencia pública. Procedería pues enmudecer por perturbador a cualquier magisterio confesional, por permitirse ilustrar a sus fieles sobre cómo afrontar determinadas situaciones o problemas sociales.

Por supuesto, visto con ojos medianamente liberales la situación sería bien distinta. Para Rawls, por ejemplo, “en una sociedad democrática, el poder no público”, como el “ejercido por la autoridad de la iglesia sobre sus feligreses, es aceptado libremente”; “pues, dadas la libertad de culto y la libertad de pensamiento, no puede decirse sino que nos imponemos esas doctrinas a nosotros mismos”. Cuando algo tan elemental se olvida, la libertad religiosa desaparece en la práctica como derecho fundamental, para verse reducida a actividad privadamente tolerada. Se ha superado la vieja idea de que la religión sea el opio del pueblo, lo que obligaba a perseguirla; se pasa, en heroico progreso, a tolerarla como tabaco del pueblo: fume usted poco, sin molestar y, desde luego, fuera de los centros de trabajo...

Una extraña pareja

Laicismo y relativismo acaban componiendo una extraña pareja, porque los drásticos planteamientos del primero cobran un carácter absoluto difícilmente superable; pero el enemigo común une mucho. El relativismo rechaza toda justicia objetiva y el laicismo a quien se le ocurra predicarla. En otros tiempos se impuso más de una vez una teoría de los derechos de la verdad, que animaba de modo poco tolerante a negarlos a los equivocados.

Ahora se patenta una contrateoría simétrica: todo aquel que sugiera que hay soluciones objetivamente más verdaderas que otras, será tratado como autoritario; por muy abierta que sea su actitud subjetiva en la búsqueda y realización práctica de esa verdad.

Este maridaje acaba confundiendo el plano de la realidad (existen o no elementos objetivos) con el de su conocimiento (cabe conocerlos racionalmente, con más o menos dificultad). El pluralismo asume la dificultad del acceso a la verdad y, en consecuencia, da por hecho que caben caminos diversos para acercarse a ella y tiende a considerar provisional lo logrado. Con esta actitud está dando por supuesto, como hace también la ciencia, que existe una realidad objetiva que tiene sentido buscar; de lo contrario, sobrarían todos los caminos imaginables y tendríamos un definitivo mentís relativista al problema planteado.

Acuerdo fronterizo: público-privado

La frecuente vinculación de lo moral con lo religioso agudizará la dificultad del ya estudiado deslinde entre lo jurídico y moral; sobre todo en países donde la tensión entre clericalismo y laicismo no ha llegado a encontrar históricamente una respuesta equilibrada. Se tenderá a confinar lo religioso, incluidas sus propuestas morales, en el ámbito de lo privado; mientras, se reserva a lo jurídico un ámbito público concienzudamente depurado de su posible influencia.

Esta adjudicación, un tanto simplista, de la perspectiva moral al ámbito de lo privado y la jurídica al de lo público deja sin resolver el problema decisivo: cómo podemos trazar la frontera entre uno y otro; de dónde obtendremos los criterios para resolver si determinado problema, por su relevancia pública, ha de ser regulado por el derecho, o si cabe privatizarlo dejándolo al albur de los criterios morales de cada cual. (...)

El problema surge porque sólo partiendo de un determinado concepto del hombre, y de la inevitable traducción de éste en un código moral, cabrá deslindar qué exhortaciones morales merecen apoyo jurídico y cuáles cabría confiar a la benevolencia del personal; así como dictaminar que determinado problema reviste tal relevancia pública que el derecho no podrá ignorarlo, privatizándolo imprudentemente.

A la hora de abordar esta cuestión clave no cabe otra solución que determinar el ámbito de lo jurídicamente relevante, teniendo como referencia –de modo más o menos consciente– los perfiles de la justicia objetiva. Como los planteamientos antropológicos y morales que sirven de punto de partida no serán unánimes, siempre habrá quien no vea reflejado en el ordenamiento jurídico su propuesta de deslinde. Teniendo en cuenta las convicciones de todos, al final –se quiera o no– habrá que imponer a más de uno aspectos que personalmente no hace suyos.

Todos tienen convicciones

Tener en cuenta las convicciones de todos, equivale por otra parte a reconocer que todos tienen convicciones. El laicismo tiende a estigmatizar como tales sólo la de los creyentes, como si los demás tuvieran el cerebro vacío. Desde esta perspectiva se consolida una concepción discriminatoria del término convicciones, vinculándolo de modo exclusivo a aquellos juicios morales emparentados con posturas defendidas por determinadas confesiones religiosas.

Situados de nuevo ante la necesidad ineludible de trazar la línea entre lo jurídicamente exigible y lo moralmente admisible, el laicismo opta por tomar partido disfrazado de árbitro. Atribuirá de modo gratuito patente de neutralidad a sus parciales propuestas de no contaminación. Conseguirá así, con particular eficacia, imponer sus convicciones por el simpático procedimiento de no confesarlas; no porque se lo pueda considerar poco convencido, sino sólo por haberlas formulado desde presupuestos filosóficos o morales no abiertamente similares a los de una confesión religiosa. Se produce así una caprichosa atribución de neutralidad moral a propuestas harto discutibles; como si la frontera entre la fe y la increencia marcara a la vez otra entre la valoración o la inocuidad del juicio.

Característica de esta implícita discriminación, atentatoria a la libertad religiosa, es la propuesta de que el derecho se inhiba, optando por mostrarse neutral ante problemas particularmente polémicos. (...)

Obviar la polémica, presentando con aire neutral conductas que antes se habían visto rechazadas a golpe de juicio de valor, sería el modo más eficaz de contribuir al progreso y de vencer al oscurantismo. En realidad, lo que se está haciendo es sustituir un anterior juicio de valor, sometido a debate, por otro que, disfrazado de neutral, podrá ahorrarse toda argumentación. Parece obvio que al discutirse si los poderes públicos deben sancionar penalmente una conducta o dejar que cada cual haga de su capa un sayo, optar por lo segundo no demuestra neutralidad alguna; supone suscribir sin más la segunda alternativa. No parece exigir demasiado que, quien lo haga, haya de molestarse en argumentarlo.

La causa última del problema acaba quedando en evidencia: las ideologías de querencia totalitaria se muestran incapaces de soportar una convivencia entre autoridad moral y potestad política. Lo reducen todo a política, con lo que de camino atribuyen a ésta –como una expresión más de la soberanía– el derecho a imponer a todos los ciudadanos un código moral, que no siendo neutro neutraliza al vigente, invirtiendo así el juego democrático. (...)

Un mínimo ético nada neutral

Situados ante esta realidad, parece claro que sólo la existencia de un fundamento objetivo podría justificar que se llegue a privar de libertad a quien desobedezca normas no necesariamente coincidentes con sus convicciones. Similar presupuesto late bajo el principio de no discriminación, recogido en el artículo 14 de la Constitución Española: sólo la existencia de un fundamento objetivo y, en consecuencia, razonable justificará que pueda tratarse de modo desigual a dos ciudadanos. Lo de razonable rebosa de la inevitable ambivalencia de la razón práctica; se trataría de un fundamento racionalmente cognoscible, por una parte, y posibilitador de un ajustamiento de relaciones satisfactorio, por otra. Lo lógico y lo ético se acaban dando la mano en un planteamiento cognitivista.

No cabe solucionar el problema mediante el socorrido recurso al consenso. Descartado el posible juego de la razón práctica, el consenso no tendría ya nada que ver con verdad objetiva alguna, sino que pasaría a ser mera expresión de la superioridad cuantitativa de determinadas voluntades. Esa voluntad mayoritaria, falta de todo correlato objetivo, estaría en condiciones de imponer a las minorías una auténtica dictadura. Cuando, por ser la sociedad pluricultural, no cabe dar por supuesta voluntad unánime alguna, sería imposible salir de tal círculo vicioso.
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Andrés Ollero es catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid)

miércoles, 17 de octubre de 2007

Hacia las sociedades adoctrinadas por el miedo

Esta es la realidad que yo veo: Impera más el veneno del miedo que el bálsamo del conocimiento en el mundo. Lo irracional pierde toda conciencia como está pasando actualmente. Aunque el saber se considere un bien público a universalizar, todavía es accesible a una minoría en la territorialidad globalizada. Creo que lo será siempre, pero nunca ha levantado tantos muros. Los que amasan poder, que son los que tienen la llave de la instrucción, saben que la mejor manera de llevar a sus súbditos, de mentira en mentira, pasa por negarles la enseñanza que les capacite para el discernimiento. Es cierto que cuánta más ignorancia, más cobardía; y, por ende, mayor facilidad para inyectar fanáticas doctrinas. Olvidan estos avaros poderes que también crece el odio y que una venganza propia de un gallina intimidado es temible. Los efectos ahí están, golpeándonos la vista a diario. Las contiendas, fruto de la insensatez e inconsciencia, rayan el salvajismo como única manera de resolución a las dificultades de la paz.

Una sociedad golpeada por el pavor al terrorismo, al chantaje, a las guerras psicológicas que tanto abundan en la actualidad, acrecienta la incertidumbre, divide y adoctrina en el espanto. Si en verdad caminásemos hacia la sociedad del conocimiento, con lo que eso conlleva de libertad, seríamos más respetuosos los unos para con los otros. El diálogo sincero es la única doctrina que nos puede ayudar a salir de este laberinto de inseguridades. Y la mejor ley para quitarnos temores, sin duda, es la ley natural; porque es aquella que no aparece contaminada, o sea, adoctrinada por la arbitrariedad de un poder usurero o por unos engaños intencionados y partidistas. En consecuencia, el máximo afán y desvelo de toda la familia humana, que ha de ser inmenso en los que tienen responsabilidades públicas, ha de gravitar en promover la audacia, el valor, el temple necesario, para instruir en la maduración de la conciencia moral. Sin esa moralidad injertada en la vida, que es raíz de la propia vida, todos los demás progresos serán como un barco a la deriva; se tiene el barco del conocimiento, pero para nada sirve, porque no es ni extensivo como el mar ni libre como las olas.

No cabe duda de que vivimos un momento de recelo continuo, por mucho que nos quieran adoctrinar con otros goces de dominio y progreso que, por otra parte, no son tales y, en el caso de que lo fueran, permanecen en la boca de algunos privilegiados. Para empezar, lo de hacer el bien y evitar el mal, suele estar ausente en los guías del caminante. Lo que si suele aparecer en los caminos de la vida, son guindas deslumbrantes, castillos que nos seducen, sobre todo a mentes poco pensantes, que nos engañan y enganchan a disfrutar a tope. Muchas veces llega a costarnos la propia vida este loco hechizo. Los divertimentos actuales de jóvenes y menos jóvenes, de niños con padres irresponsables, bajo la escena de los baños de alcohol y drogas, saltándose la ley y al ordenamiento jurídico en pleno si fuese necesario, son un claro ejemplo de la mezcla perfecta para que lo real del drama supere a la ficción una semana y otra también. Con la doctrina de la ley natural, a la que no hace falta inyectarle el miedo sancionador de la norma positivista, la misma naturaleza humana pondría techo a lo que no es estético, perder el sentido del ser y no saber estar. Cuestión de conciencia o de vergüenza si quieren.

Los malignos adoctrinadores del miedo campean a sus anchas por el hábitat, desprecian la vida humana y si alguno implora la objeción de conciencia, para no seguir el juego, le ponen un candado en la boca; también queman signos y símbolos, que son valores de unidad y cultivos de un pueblo, ahorcando si es preciso a la verdad que los sustenta. Desde luego, un pueblo que camina con otro pueblo, y éste con otro, y el otro con éste como es propio en un mundo globalizado, requiere mentores investidos de legítima autoridad y de genuina ética, capaces de atajar el mal con medidas ejemplarizadoras que no tienen porque ser sólo represivas, han de ser asimismo rehabilitadoras y habilitadoras de revitalización moral, carácter que se imprime a la sombra del árbol de la vida.

Bajo un perpetuo temor viven las sociedades adoctrinadas por el miedo, que cada día son más. Los incendios bélicos, al igual que todo tipo de violencias, se contagian y máxime en un mundo crecido en armas y en experimentos atómicos que ponen en grave peligro toda clase de vida en nuestro planeta, también la artificial que propugna el controvertido investigador Craig Venter, involucrado en la carrera por descifrar el código genético humano. Lo que sí habría que desentrañar son los negocios sucios que generan este tipo de ensayos que germinan sin concierto, orden ni ética alguna, puesto que, en vez de ayudarnos a redescubrir la ley de la naturaleza que todos llevamos consigo por el hecho de ser persona en este mundo, nos la ocultan, encumbren y tapan, lo que en justicia si son fundamentos de una moral universal, perteneciente al gran capital estético de la sabiduría humana. Porque, además, la paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en los adoctrinadores, sean gobernantes o vasallos. Bajo esa desesperación muda que es el miedo, no cabe otro pensamiento que vacunarse contra esa cruel angustia que produce estar a la expectativa de un mal que nos puede asaltar en cualquier esquina, a pesar de tantos agentes de orden para este descomunal desorden de rompe y raja. Por lo menos, aquí en España, por aquello de refrendar nuestra hispanidad de raza, pónganos a salvo Sr. Zapatero, usted que es el inventor de la alianza de civilizaciones, y que entre el miedo en el seguro como prestación social. Presupuéstelo, que se le adelantan. Esta ayudita en el votante, fijo que hace caja de votos.

Víctor Corcoba Herrero. Escritor, poeta, crítico literario y de arte, columnista especializado en temas sociales y de pensamiento
conoZe.com
8.X.2007

lunes, 15 de octubre de 2007

Nacionalismos y dignidad humana

El hombre es un ser histórico. Nace en una familia, aprende un idioma, se sumerge en una cultura, acoge la religión que le enseñan en casa o en la parroquia.

Desde su historicidad, cada hombre o mujer entra a formar parte de diversos grupos humanos. Desde el más íntimo y cercano, la familia, hasta el más amplio y universal, la humanidad.

Pertenecemos a distintos grupos gracias a algo común: la identidad humana. Desde ella podemos considerar a cualquier hombre, a cualquier mujer, como hermano nuestro, como co-partícipe de algo que une por encima de las diferencias.

Los distintos grupos de pertenencia mantienen su carácter sano y dinámico si no pierden nunca de vista esa común identidad humana. Así nacerá en cada uno el respeto al diverso, el compromiso por la justicia, la búsqueda del servicio, el amor sincero hacia los demás. Por el contrario, los grupos de pertenencia sufren serias patologías cuando atan a formas de agregación que fomentan la violencia y la intolerancia, cuando invitan al desprecio al diverso.

En el pasado y en el presente, palabras como «patria» y como «nación» (con sus riquezas y su complejidad) han sido y son asumidas como fuentes de integración o como motivo de desprecio. Convertir el nombre de una nacionalidad distinta de la propia en un insulto implica caer en un nacionalismo enfermizo, en una degeneración que es la antítesis más completa de lo que podríamos considerar un sano patriotismo.

Juan Pablo II, en su libro «Memoria e identidad» (pp. 87-88), explicaba la diferencia entre patriotismo (sano amor a la propia patria) y nacionalismo (una degeneración peligrosa) con estas palabras: «el nacionalismo se caracteriza porque reconoce y pretende únicamente el bien de su propia nación, sin contar con los derechos de las demás. Por el contrario, el patriotismo, en cuanto amor por la patria, reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia y, por tanto, es una forma de amor social ordenado».

La humanidad ha sufrido y sufre por guerras absurdas y choques culturales originados desde nacionalismos exagerados. El amor a la patria no puede convertirse en desprecio hacia el diverso. El verdadero diálogo entre las culturas y los pueblos pasa por cada corazón humano que comprende el valor de quienes comparten una común humanidad por encima de diferencias históricas, por más profundas y visibles que éstas puedan ser.

Reconocer la dignidad humana de todos, grandes o pequeños, nacidos o no nacidos, niños o ancianos, españoles o japoneses, es el paso necesario y urgente para sanear cualquier proyecto de integración nacional o internacional. Sólo así la humanidad cerrará páginas de historia llenas de sangre e injusticia para abrirse a horizontes de esperanza, justicia y paz.

Fernando Pascual, LCDoctor en filosofía por la Universidad
Gregoriana.Profesor de Hª de Filosofía, Filosofía de la Educación y Bioética.
conoZe.com
9.X.2007

miércoles, 25 de julio de 2007

Para el desarrollo hace falta el buen gobierno

El informe del Banco Mundial sobre gobernanza señala mejoras en varios países africanos

Firmado por Aceprensa Jide Martins Fecha: 25 Julio 2007

El buen gobierno eleva el nivel de desarrollo de un país, y medir aquel es posible. Son las dos grandes conclusiones de la publicación del informe Governance Matters, 2007: Indicadores de la gobernabilidad en el ámbito mundial 1996-2006, realizado por un grupo de investigadores del Banco Mundial.

El informe está concebido como un instrumento para luchar contra la corrupción y favorecer el desarrollo. El mejoramiento de la gobernanza permite atacar la pobreza y elevar los niveles de vida, y el aumento de nivel de vida se debe al buen gobierno más que al revés. Para el Banco Mundial, una buena gobernanza es fundamental para reducir la mortalidad infantil, el analfabetismo o la desigualdad. Además, hace más intensa la eficacia de la ayuda al desarrollo y de los proyectos financiados por este organismo. Y Governance Matters refleja expectativas alentadoras por los avances en esta materia de varios países en desarrollo, incluyendo los de África.

El informe parte de 33 fuentes de datos para ofrecer el nivel de 212 países y territorios en seis indicadores: voz y rendición de cuentas (que refleja el grado de libertades políticas fundamentales); estabilidad política y ausencia de violencia; efectividad gubernamental (el nivel de los servicios públicos, la independencia del gobierno, la calidad de la formulación y desarrollo de sus políticas y la credibilidad de su compromiso con ellas); calidad regulatoria (la capacidad de formular y articular políticas y regulaciones que permitan y promuevan el desarrollo del sector privado); cumplimiento de la ley y control de la corrupción.

Entre las conclusiones más significativas está que algunos países de África, como Kenia, Níger y Sierra Leona, han registrado grandes mejoras en el indicador de libertad de expresión y rendición de cuentas, y otros como Argelia y Liberia han consolidado el Estado de derecho. Argelia, Angola, Libia, Ruanda y Sierra Leona han mejorado su estabilidad política, y Tanzania el control de la corrupción en el decenio estudiado. También es destacable que una docena de países (entre los que aparecen Chile y Costa Rica) han logrado mejor puntuación en las principales dimensiones del estudio que países más desarrollados como Grecia o Italia. En cualquier caso, en lo que se refiere a la media mundial, no se han producido grandes mejoras en la gobernanza, aun habiendo mejoras en varios países. Los indicadores muestran deterioros en lugares como Zimbabue, Costa de Marfil, Bielorrusia o Venezuela.

Los datos se basan en opiniones de decenas de miles de personas de todo el mundo, incluidos numerosos especialistas que trabajan en distintas ONG y miembros de los sectores público y privado. John Githongo, ex secretario permanente para cuestiones de gobernanza y ética en la Oficina de la Presidencia de Kenia, ha señalado que este documento “tira por tierra la repetida afirmación de que no se pueden medir con precisión estos temas y, por lo tanto también que los gobiernos, la comunidad de ayuda al desarrollo, la sociedad civil y los medios de comunicación no pueden dar un uso positivo a las lecciones derivadas de esta medición”. El director de la Oficina Central de Estadística de Israel y profesor de economía, Shlomo Yithzaki, reconoce también haber estado en el error al pensar que la gobernanza no era mensurable. Para él, el informe “constituye la manera más avanzada de elaborar indicadores periódicos de gobernabilidad que pueden servir a los analistas de políticas y a las autoridades que toman decisiones”.

El informe concluye que cuando se pone empeño en las medidas de reforma, las mejoras en la gobernanza se producen con relativa rapidez, tal y como demuestran desde 2002 países como Ucrania, Kenia o Liberia, en libertad de expresión y responsabilidad, y Angola y Argelia en materia de estabilidad política. La información detallada puede consultarse en www.govindicators.org. ACEPRENSA.

Buenas noticias de Nigeria

Lagos. Un ejemplo de mejora en limpieza de la vida política y en el imperio de la ley es el registrado recientemente en Nigeria, donde por desgracia abundan los abusos y la corrupción. Pero también hay noticias esperanzadoras que sin embargo no encuentran eco en los medios occidentales. Un caso de estos es el de Peter Obi, gobernador del estado de Anambra, que llevaba más de cinco años luchando por sus derechos y que acaba de conseguir la victoria en el Tribunal Supremo, frente a los poderosos y sus atropellos.

Las elecciones en Nigeria están todavía controladas por el partido en el gobierno a través de la Comisión Electoral Independiente (es un decir), la policía y, si hace falta, el ejército. En las elecciones de 2003, la Comisión Electoral dio por bueno un fraude y proclamó gobernador de Anambra al candidato del partido oficial, en vez de al verdadero vencedor de los comicios, Peter Obi. Obi, abogado y católico practicante, decidió no organizar manifestaciones ni acto violento alguno. Fue a los tribunales y perseveró hasta que obtuvo veredicto a su favor casi al final del mandato electoral de cuatro años.

Una vez instalado como gobernador, el presidente Obasanjo logró deponerlo a través de sus caciques en el estado. En las pasadas elecciones de abril, el candidato del partido en el gobierno, amigo del presidente y notoriamente corrupto, concurrió a las elecciones con una impresionante campaña mediática. La Comisión Electoral no permitió a Obi ni siquiera presentarse y dio la victoria al candidato oficialista, que sin embargo no duró más de un mes en el cargo de gobernador. El Tribunal Supremo dio la razón a Obi: su destitución fue declarada anticonstitucional y nula. Obi es hoy el gobernador legítimo en el estado de Anambra.
Jide Martins.